En una época muy remota, en la
que mi poder no tenía límites y los grandes reyes se ponían a mis pies para
obtener mis favores. En esa época de grandiosas batallas y amores imposibles,
viví yo, el mayor hechicero de todos los tiempos. Pero todo lo que tiene un
principio también tiene un final…
Mi final empezó cuando mi
avaricia entró en juego. Ya no era suficiente tener a mis pies a los grandes
reyes, también quería todo lo que les pertenecía. Yo no contaba con ejércitos a
mis órdenes, pero tampoco los necesitaba porque mi poder era inmenso y con él
fui reino por reino sometiéndoles y arrebatándoles sus posesiones más
preciadas. Tan grande era la ceguera que me producía mi avaricia que no fui
capaz de darme cuenta de que los mayores reinos de la Tierra, el Reino del Alba
y el Reino del Ocaso, se aliaban para derrocarme. Alistaron a los hombres más
heroicos hasta formar un ejército colosal, digno de temer. Aunque muchos
cayeron en batalla, los pocos que habían sobrevivido ya eran inmunes a mi poder
y tenían eficaces estrategias con las que se movían en el campo de batalla como
piezas en un gran tablero.
